Esquizofrenia
Rossana deambula por la línea fronteriza que divide a la coherencia del caos. Habla lentamente como si se tomara su tiempo para encontrar la frase correcta, la expresión que describa con precisión lo que asalta su cabeza en ese momento. Letras, sílabas, palabras, oraciones. “De joven, en el colegio, siempre decían no se junten con la fea, con la tonta… siempre… y no se juntaban conmigo”.
Desprovista de afecto, presentó su capitulación a la vida y se encerró entre las cuatro paredes de su casa para dedicarse a barrer, planchar, tender camas y cocinar. Y en algún momento, no recuerda cuándo, ellos aparecieron. Ellos, los chicos que la despreciaron, los amigos que la marginaron. Solamente Cecilia la comprendía, la defendía y le llevaba chocolates para comérselos juntas, mientras disfrutaban alguna película por la televisión. Cecilia. “Ella sí era real… real”.
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En tiempos de cruentos asesinatos con martillos (el síndrome Clímaco lo han llamado algunos) la esquizofrenia se ha puesto, por decirlo de alguna manera, de moda. Pero no todos los esquizofrénicos son peligrosos. Rossana no lo es. Se le ve muy tranquila ahí sentada y bordando lo que parece ser un pequeño mantel, siempre bajo la mirada atenta de Marielena Pinedo, doctora encargada de la Unidad de Rehabilitación de Salud Mental para pacientes esquizofrénicos del hospital Rebagliati.
Pinedo explica que la esquizofrenia es una enfermedad que dura toda la vida, que puede ser heredada y que se manifiesta, la mayoría de las veces, en la juventud.
“Estudiaba turismo en la San Martín y también jugaba vóley con mis amigos Coco Patiño y Polo Noche. Yo era delantero, muy bueno. Una vez recibí un golpe en la cabeza y nunca más volví a ir a fiestas, a tomarme un trago”.
Dante aparece de pronto para conversar y es difícil reconocer cuándo dice la verdad y cuándo lo que narra es producto de su enfermedad, que lo obliga a seguir un tratamiento desde hace dos años. El cree a veces que no está loco, que lo suyo son simples "traumas”. Uno de ellos lleva nombre propio: David Almeyda.
¿Carne y hueso o un fantasma apenas deliniado en el éter de su mente? David Almeyda, sí. Un sujeto muy malo que lo sometía a maltrato psicológico y le lanzaba apelativos tan denigrantes como ‘japonesita loca’. ‘chinita chifera’ o ‘la paquita peruana’.
“A veces me acuerdo de él”. Dante prende su Hamilton y empieza a fumar con fruición. “Pero ya no le hago caso. La doctora me ha prohibido vóley y maricones”.
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En la esquizofrenia se identifican dos grupos de síntomas. Los que tienen que ver directamente con notorios trastornos de conducta, como escuchar voces, tener alucinaciones o sufrir delirio de persecución. Y aquellos que se denominan “negativos”, cuando se ve a la persona lenta, ida,y desganada; indolente, afectivamente sin vibración.
Para combatir los primeros existen medicamentos. Para enfrentar los segundos se incide muchísimo en las terapias de rehabilitación. La idea es ayudar a los pacientes a reinsertarse poco a poco, trabajo harto difícil y que exige enorme paciencia; no solo de los médicos y familiares, también de los enfermos.
Paciencia como la de Alberto, que sigue tratamiento psiquiátrico desde 1989. Trabajaba “en una empresa ligada al Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas” como dibujante de planos. Un buen día, aprovechando su cercanía con el alto mando, se enteró de un lío muy gordo y desde entonces sufrió el acoso de volkswagens verdes modelo escarabajo, posiblemente de la extinta Policía de Investigaciones (PIP). O al menos eso cree.
“Veía esos carros verdes en todos lados. A veces salía del hospital, de mi terapia, y salían en mancha del estacionamiento. Me seguían a donde fuera”. Alberto se sienta al lado, demostrando notorio interés en los apuntes que voy tomando. “Temía que me hicieran daño”.
Su caso es el típico de alguien que sufre delirio de persecución. La terapia, asegura, lo ha ayudado. Lo que hasta el momento le ha sido imposible solucionar es su excesiva timidez cuando habla con chicas. Tiembla como gelatina.
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Lo primero que se debe lograr con los esquizofrénicos es que asuman verdadera conciencia de su problema. “Nadie lo hace. Siempre creen que el loco es el psiquiatra, la madre, la hermana, el cuñado, quien sea”. Pinedo le da el último toque a una carterita hecha por un paciente. Ese tipo de manualidades forma parte de la terapia. Además, luego son vendidas, lo que genera un pequeño ingreso para la unidad de rehabilitación.
Al otro extremo, sin hablar con nadie y la cabeza gacha, a José se le ve muy concentrado en el portadocumentos que le ha tocado armar. Es el menos comunicativo de todos y en su rostro no se dibujan expresiones. Parece incapaz de demostrar afectos, o de recibirlos. “Autismo”. El diagnóstico me sorprende como un susurro en el oído derecho. Es una mujer de unos 40 años, de sonrisa transparente. “Chao”. Y se va, antes de poder preguntarle su nombre. En la puerta de salida, Rossana me vuelve a hablar sobre Cecilia, su amiga, la de los chocolates. “También me regalaba aretes. Es la única, la única que me comprendía”.

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