jueves, enero 13, 2005

Homenaje: El Cordano y sus cien años

En un país donde la longevidad no es rasgo común, cien años suenan a eternidad. Sobre la esquina de Rastro de San Francisco y Calle de Pescadería, estratégicamente ubicado al lado de Palacio de Gobierno, el Bar Cordano todavía existe y persiste.

Fue en 1905 cuando los italianos Virgilio Boitano y los hermanos Luis y Antonio Cordano lo fundaron. El tradicional restaurante no se llamaba por entonces como lo conocemos ahora. Más bien, llevaba un nombre con reminiscencias del viejo oeste: Saloon América. El cambio fue posterior, nadie recuerda cuándo.

El jueves 13 de enero el Cordano cumplió una centuria a lo largo de la cual fue ganando reputación de vieja gloria de la bohemia limeña. En el mundo pasó de todo, y en el Perú también: Leguía y su oncenio, la fundación del Apra, la construcción del Estadio Nacional por orden de Odría, el golpe de Estado de Velasco, el triunfo sobre Escocia por 3 a 1 con goles de Cubillas, Sendero, Alan García, Fujimori y Toledo. Y el Cordano, inquebrantable, sirviendo cervezas heladas, choritos a la chalaca y sándwiches de jamón norteño con cebolla.

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Es que (casi) todos los presidentes atravesaron el umbral del Cordano. Alan García pasaba regularmente a servirse un tacu tacu con bistec apanado. Fujimori, en cambio, apenas se tomó una gaseosa helada. No solamente políticos, también artistas e intelectuales hallaron en ese rincón a un estupendo centro de operaciones. Humareda se declaró fanático del sancochado, Martín Adán pedía una cerveza negra antes de escribir en las servilletas y Chabuca Granda cenó en incontables oportunidades. Aún así todavía existe lugar para las leyendas, como aquella que ubica al Che Guevara sentado en una mesa, descansando de sus esfuerzos revolucionarios.

“Yo he visto pasar por acá a medio mundo. Tengo más de 50 años en el mismo lugar y sé de lo que hablo”. Luis Cerna es el mozo más antiguo del Cordano. Vestido con una arrugada camisa blanca, corbata michi y un lapicero novo en la oreja izquierda, es el notario que certifica todas las historias que se tejen alrededor del viejo bar. “Acá, ha habido de todo”. Literalmente, de todo. Hasta muertes, como la del jefe de la estación ferroviaria vecina –en tiempos en que no andaba tan desamparada como su nombre–, quien celebrando su cumpleaños a punta de vasos de whisky cayó fulminado por un paro cardíaco, luego de proponer un irónico brindis a su salud.

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Cuando los Cordano se retiraron del negocio se lo dejaron a sus hijos, pero estos, más preocupados por sus futuros profesionales, se lo vendieron a los trabajadores. Ellos lo administran.

“El negocio anduvo muy malo hace algunos años, pero poco a poco nos hemos ido recuperando”. Jacinto López, gerente y cajero, percibe con optimismo lo que puede venir de ahora en adelante. El bar, considerado como monumento histórico por el Instituto Nacional de Cultura (INC), ha sido parcialmente reparado (iniciativa del alcalde Luis Castañeda) y ellos, los 16 socios, tienen muchas ganas de seguir la lucha.

“Aunque dudo que el bar aguante cien años más. Para empezar, habría que fortalecer todo el inmueble”, refiere. En efecto, el Cordano ocupa el primer piso de un edificio que en sus dos plantas de arriba acogió al desaparecido Hotel Comercio, y la estructura ha sido severamente atacada por la humedad. “Ojalá que se pueda hacer algo más adelante, porque sino se corre el riesgo de que todo se venga abajo”. Indeseable eventualidad que debería evitarse por todos los medios posibles. Pues el Cordano, con su terco empeño por la vida, no merece que lo maten.