Sudan en agonia
La mano de Dios no alcanza a Sudán. En el mayor país del África se sufre el peor desastre humanitario del mundo actual, de acuerdo a Naciones Unidas. La crisis en la región de Darfur, al oeste de Sudán, ha provocado más de 400,000 muertos, 1,6 millones de desplazados y 213,000 refugiados (de los cuales el 85 por ciento son mujeres y niños), según estimaciones del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR).
El conflicto armado que enfrenta al Ejército, apoyado por tribus árabes respaldadas por el Gobierno (las Janjaweed), y los rebeldes del Ejército de Liberación de Sudán (SLA) y del Movimiento para la Justicia y la Igualdad (JEM) -quienes reclaman más derechos para los africanos negros- ha derivado en una matanza indiscriminada.
La historia
Desde que Sudán se independizó de Gran Bretaña en 1956, fue epicentro de cruentas guerras civiles. El origen de los enfrentamientos descansa en la desigualdad entre el desarrollo del norte, árabe e islamista, y las atrasadas comunidades negras del sur. Diferencia alimentada, primero, por las fuerzas coloniales británicas, y luego por los sucesivos gobiernos afanados en imponer un modelo de estado islámico. Pero no solamente se trataba de un conflicto de tipo étnico-religioso, sino que también se luchaba por el control de los recursos naturales. En el norte se concentran la actividad comercial y agrícola, así como las redes de transporte terrestre y marítimo; mientras que el sur alberga la zona petrolífera de Bentiu y yacimientos de níquel y uranio.
El empeño por transformar el país en un estado islámico alcanzó su “plot point” con el régimen del dictador Yaafar el Numeiri, que impuso en 1983 la ‘Sharia’ (ley islámica) en todo Sudán, oprimiendo todavía más a la población negra. Todo se agravó en 1989 con el golpe de estado de Omar Hasán al Bashir (actual presidente), quien impulsó una deportación masiva de negros y la recolonización de esos territorios por grupos árabes. Entre la violencia, la hambruna, las sequías y las inundaciones, más de dos millones y medio de personas murieron, del mismo modo que cuatro y medio millones de sudaneses perdieron su hogar a lo largo de veinte años.
A inicios del 2005, y después de tres años de negociaciones, la paz entre norte y sur asomó, al menos oficialmente. Sin embargo, en la cruda práctica, Darfur prosigue inmersa en una ola de violencia indetenible. Los rebeldes acusan a las autoridades gubernamentales de favorecer a las comunidades árabes del norte (islamistas) en detrimento de esta región desértica habitada por numerosas tribus de raza negra (musulmanes), condenándolas al subdesarrollo. Por tal razón el SAL y el JEM atacaron intereses del gobierno para obligarlo a cambiar de política. Como respuesta a los ataques, el régimen de Omar Hasán al Bashir armó a los Janjaweed y les dio carta blanca para actuar. Y así lo hicieron.
Violaciones sexuales y desplazados
Según recoge la prensa internacional, son las “Janjaweed”, estas milicias auspiciadas por el régimen de Sudán, responsables de la mayoría de la violencia. Los refugiados que lograron escapar de Darfur señalan que después de los bombardeos perpetrados por el ejército, aparecen los milicianos montados a caballo para asesinar a los hombres, violar a las mujeres y robar lo que encuentren en su camino.
Las vejaciones sexuales son consecuencia directa del conflicto. Médicos Sin Fronteras (MSF), en un informe de marzo sobre la situación en Darfur, advierte sobre este hecho. "Las violaciones a mujeres, niños y hombres han sido factor constante de violencia en esta campaña de terror", advierte. Entre octubre del 2004 y lo que va del 2005, MSF trató a casi quinientas víctimas de violaciones, cifra considerada por esa institución como una pequeña muestra del problema. Las edades de los agredidos (el 99 por ciento son mujeres) oscilan entre 12 y 45 años. El 28 por ciento de las mujeres fueron violadas más de una vez y en más de la mitad de los casos resultaron golpeadas.
Uno de los ataques recientes más significativos tuvo como objetivo un vehículo que transportaba a treinta personas. Según los testigos, hombres armados lo rodearon y comenzaron a disparar sin explicación alguna. “Había tres mujeres en total –narró una mujer de 23 años-. Una consiguió escapar, las otras fuimos llevadas en distintas direcciones. Dos hombres me cogieron y me violaron (...). Un tercer hombre apareció y también me violó. Los tres finalmente se fueron y yo me quedé en el suelo". Otra víctima dice que fue asaltada cuando regresaba del mercado y caminaba por la carretera con un grupo de nueve mujeres. “Nos encontramos con hombres armados (…). Nos encerraron en su campamento y nos liberaron después de tres días. Durante todo ese tiempo, fui violada cada noche por cinco hombres".
Mientras tanto los 1,6 millones de desplazados (ahuyentados por las milicias y los propios rebeldes, quienes también han puesto de su parte en el desastre) se debaten entre el hambre y las enfermedades. "Uno de los principales problemas de salud es la inexistencia de saneamiento y agua potable en los campos de desplazados internos. Se calcula que en la actualidad sólo se dispone de un 12% del agua potable necesaria", informa la Organización Mundial de la Salud (OMS). La falta de atención afecta sobre todo a los niños menores de cinco años, las embarazadas, las mujeres lactantes y los ancianos. En Sudán, el mundo se desangra.

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